José Antonio Kast en el paso fronterizo de Chacalluta, en Arica (Chile).
Foto: Esteban Félix (AP)
Foto: Esteban Félix (AP)
La edificación física y simbólica de defensivos fronterizos como mecanismos de contención de los flujos migratorios irregulares, se ha erigido como uno de los fenómenos característicos de la contemporaneidad a nivel global. Sudamérica, de forma progresiva se va alineando con esta dinámica de securitización fronteriza, tal el caso de Chile, que estrenada la presidencia de José Antonio Kast, inició con la implementación del “Plan Escudo Fronterizo”, como una de las políticas insignia de su administración.
Esta iniciativa, integra la construcción extensa de zanjas, muros de hasta cinco metros de altura, torres de vigilancia, uso de drones y un despliegue militar intensificado en la frontera norte con Perú y Bolivia. Desde la narrativa oficial, fue presentada como una medida esencial “para recuperar la soberanía nacional”, combatir el narcotráfico, el crimen organizado y la inmigración irregular, ilícitos que habrían erosionado la integridad territorial del país.
Créditos: AFP/Patricio Banda
Tras la caída del Muro de Berlín, un hecho de gran simbología para la reunificación de los pueblos, las murallas y vallas no disminuyeron. El Transnational Institute ( TNI, 2020) reporta que hasta el 2020, superan las seis decenas, en todo el mundo; establecidos no como meros dispositivos de control territorial, sino configurando una suerte de “apartheid global”, donde la asimetría entre la libre circulación de capitales y la restricción de la movilidad humana revela la persistencia de jerarquías estructurales en el sistema internacional. En este marco, la creciente militarización de las fronteras y el despliegue de tecnologías de vigilancia no solo buscan gestionar flujos, sino también producir narrativas de amenaza que legitiman discursos discriminatorios, xenofobia y prácticas de exclusión.
Desde el lente académico, Wendy Brown (2015) interpreta esta tendencia como una “paradoja visual de los muros: lo que aparece a primera vista como una representación de la soberanía estatal expresa en realidad su debilidad con relación a otros tipos de fuerzas globales”. Por su parte, Said Saddiki subraya su función simbólica de control político, que no resulta eficaz en la gestión migratoria; mientras que Klaus F. Zimmermann destaca el alcance instrumental limitado que tienen, demostrando que estos dispositivos no suprimen los flujos, sino que los desfasan, acrecentando sus costos y riesgos. En conjunto, estos estudios ofrecen datos contrastables para comprender que los muros no son soluciones efectivas y sostenibles, sino que surgen como respuestas políticas que, a la vez que pretenden reafirmar la autoridad estatal, contribuyen a profundizar las dinámicas de exclusión y vulnerabilidad de los migrantes.
Desde el sistema de Naciones Unidas, el Relator Especial Sobre los Derechos Humanos de los Migrantes François Crépeau, fue categórico al sostener que “cerrar las fronteras internacionales es imposible y sólo fortalece a los traficantes”, pues este tipo de medidas no detienen los flujos migratorios, sino que los desplaza hacia rutas más peligrosas, incrementando su vulnerabilidad. En términos convergentes, Zeid Ra’ad Al Hussein, quien fuera Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, observó que el cierre de fronteras no resuelve las crisis migratorias y, por el contrario, pueden provocar violaciones a los derechos fundamentales. En la misma orientación, la Organización Internacional para las Migraciones ha enfatizado que las barreras físicas tienden a reconfigurar, más que a reducir, los flujos; mientras que el Secretario General, António Guterres, subrayó que ningún Estado puede gestionar la migración de manera aislada y unilateral, por lo que se debe reforzar la necesidad de respuestas cooperativas y multilaterales frente a un fenómeno de naturaleza estructural y transnacional.
Volviendo al caso chileno, el análisis del movimiento migratorio, no puede prescindir de las profundas transformaciones demográficas experimentadas en el país durante la última década. Según el Instituto Nacional de Estadísticas y el Servicio Nacional de Migraciones de Chile, la población extranjera residente pasó de aproximadamente 400.000 personas en 2014 a más de 1,9 millones en 2023, en torno al 9 % de la población total. Este crecimiento impacta en el mercado laboral, la economía, la educación, la salud y la composición social del país.
No obstante, también es preciso equilibrar el balance con evidencia empírica disponible. Estudios desarrollados por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL, 2022), basados en datos oficiales, señalan que el aporte de los migrantes al PIB chileno aumentó significativamente, pasando de aproximadamente 1,8 % en 2009 a cerca de 11,5 % en 2022, reflejando su creciente inserción en la estructura productiva y confirmando su papel como motor del dinamismo económico y componente estructural de desarrollo.
Aún así y a pesar de cualquier consideración, el “Plan Escudo Fronterizo” está en marcha e inició el despliegue de zanjas, muros y presencia militar reforzada en la zona fronteriza del norte chileno.
En este escenario, Bolivia enfrenta desafíos complejos y multidimensionales que trascienden la mera gestión fronteriza y la exigencia de cumplimiento escrupuloso del libre tránsito. La eventual consolidación de infraestructuras físicas y dispositivos de control reforzado en la frontera chilena, previsiblemente desplazará los flujos migratorios irregulares hacia zonas inhóspitas del altiplano y del desierto, incrementando los riesgos humanitarios y la vulnerabilidad de las personas en tránsito.
Podría convertirse, además, en un espacio de tránsito prolongado o de contención, con implicaciones directas para sus capacidades institucionales en materia de atención humanitaria, gestión migratoria y seguridad, al tiempo que se incrementa el riesgo de expansión de economías ilegales vinculadas al tráfico de personas y al crimen organizado transnacional.
Resulta pertinente afirmar que los ilícitos transnacionales deben tener por respuesta acciones firmes y decididas; que junto a la gestión de los flujos migratorios irregulares, demanda actuaciones conjuntas. En tal sentido, se hace necesario reactivar los mecanismos de diálogo bilateral, acordar la convocatoria a los Comités de Frontera, apostando por la coordinación, el intercambio ágil de información y la cooperación bilateral y regional.
En definitiva, la exigencia de la situación fronteriza, no es menor y no puede admitir la criminalización de la migración. Estudios especializados, que han examinado decenas de Estados amurallados, concluyen que persistir en la lógica de las murallas implica profundizar la fragmentación territorial, erosionar formas históricas de convivencia transfronteriza, desplazar, mas no resolver los problemas estructurales de la migración. Por el contrario, apostar por mecanismos de cooperación interestatal, supone reconocer la naturaleza compartida de estos desafíos y construir respuestas sostenibles, basadas en evidencia, corresponsabilidad y respeto a los derechos humanos.
En un contexto de interdependencia creciente en la comunidad internacional, la paz y seguridad duraderas no se edifican con barreras físicas o simbólicas, sino con confianza, institucionalidad y cooperación regional efectiva.
Maria del Carmen Almendras
Directora de la Fundación Paz y Desarrollo
Directora de la Fundación Paz y Desarrollo







3 comentarios en “¿Estados amurallados o puentes de integración?”
Muy acertado tu análisis Carmen, no es posible que en estos tiempos estemos creando escenarios discriminatorios y de exclusión en vez de construir puentes de cooperación entre países hermanos. Sin embargo estos datos también deben ser una llamada de atención a nuestros gobernantes, porque algo no estamos bien para que la migración se haya incrementado de tal manera en los últimos años, porque no solo a Chile se va gente sino a todos los países vecinos, este es un dato alarmante sobre el cual los gobernantes deben tomar acciones para que el ciudadano no tenga la necesidad de irse a otro país en busca de trabajo.
Acertado análisis que nuestra más un grado negativo y autoritario que una solución, muy en contra de un accionar más fundamentalmente humano.
Excelente análisis, las murallas no resuelven problemas sino los ahondan, generan mayor división y transforman la cotidianidad; el mundo es de todos, así lo quiso Dios